Cuando no están claros los grandes objetivos de un gobierno, partido político, bloque parlamentario, o grupo humano reunido para una tarea común, tampoco son claros los límites de las lealtades, disciplinas u obligaciones gregarias de cada uno de sus integrantes.
Los objetivos de un gobierno están explicitados en un proyecto político, que puede ser conservador, transformador o simplemente administrador pero visualizable en planes. Los planes son el desarrollo de ese proyecto en las obras por realizar, las leyes por sancionar para legitimarlos, la determinación de quién lo va hacer y cuándo. Y finalmente los fondos necesarios para su realización. El bien común es un objetivo, pero tan general que peca de obvio quién lo formula sin pormenorizarlo. Algo parecido ocurre con lo que se ha vuelto una mención cotidiana: la distribución de la riqueza.
La riqueza
La riqueza de un país se expresa en el Producto Nacional Bruto o Producto Bruto Interno o PBI. Es el valor total de los bienes y servicios producidos en un país durante un año. Este producto o riqueza se distribuye entre el capital y el trabajo, sus creadores. La forma en que un gobierno distribuye la riqueza del país define su doctrina, su ideología y su proyecto político. Los gobiernos populares distribuyen la riqueza entre el capital y el trabajo en partes iguales. Los gobiernos conservadores favorecen al capital en la distribución. En el primer caso, la diferencia de ingresos o acceso a la riqueza entre las capas altas, medias y bajas de la sociedad, entre sí, disminuye. En el segundo, las diferencias aumentan, la riqueza se concentra en pocos muy ricos y existen muchos pobres. Las posibilidades de ascenso social se empequeñecen. En nuestro país, todas las veces que gobernó Perón, 1946-55, 1973-76, el producto bruto se distribuyó por mitades entre el capital y el trabajo, hecho que no volvió a ocurrir. Actualmente, más de un 70% se lleva el capital y menos de un 30% el trabajo.
En décadas pasadas surgió una teoría neoliberal que sostenía que lo importante era crear riqueza, que su acumulación iba a producir naturalmente un derrame de ella, de los países ricos a los pobres. En realidad ocurrió una brutal concentración de la riqueza en los países desarrollados y un empobrecimiento inusitado de los países en desarrollo. Esto ocurrió en los famosos noventa, que entre nosotros condujeron Menem y Cavallo, y finalmente De la Rúa y Cavallo.
Vale lo mismo para caracterizar la distribución de la riqueza entre el poder central y las provincias. Los mismos guarismos cuando Perón gobernó, mitad y mitad. Se trata de un país federal. Cuando Perón no gobernó (y actualmente), el poder central se quedó con más del 70% y el resto para el conjunto de las provincias.
Una asignatura pendiente
La principal es el salario, que incluye los haberes jubilatorios, vacaciones, aguinaldo y otras remuneraciones. Servicios accesibles, esto es, salud y educación gratuita. Agua potable, electricidad y gas a precios accesibles y, si es necesario, subsidiados. Transportes públicos económicos. Artículos de primera necesidad a precios estables y razonables. Y en esto tiene importancia el valor del IVA, que lo paga todo el que consume, o sea todos, no interesa cuánto gane. Y distinto al impuesto a las ganancias que lo pagan los que ganan más de un tope y progresivamente. Un fuerte impuesto a las ganancias y un bajo impuesto al valor agregado también son instrumentos de distribución de la riqueza. Actualmente, entre nosotros el impuesto a las ganancias no es fuerte, en tanto el IVA sí. O sea, no se están usando esos instrumentos.
Los créditos promocionales también son válidos, pero aún está vigente la ley de entidades financieras de Martínez de Hoz, que liquidó las cooperativas de crédito e hizo del crédito un instrumento de la concentración de la riqueza y la especulación.
Todos estos instrumentos constituyen la microeconomía. La macroeconomía es el crecimiento global de un país. Las reservas que le dan fortaleza, el flujo favorable de ingresos sobre egresos, y el superávit fiscal, más ganancias que gastos, siempre referidos al país. En este aspecto el gobierno actual es incuestionablemente el más exitoso desde el advenimiento de la democracia. Pero la distribución de la riqueza es, todavía, una asignatura pendiente.
Proyecto político
Todo proyecto es visualizado por los planes que le dan sustento a ideas fundamentales, que son doctrinarias. Señalan un camino y sus etapas, mojones imprescindibles para saber si avanzamos hacia las metas propuestas y bien explicitadas, o retrocedemos respecto de ellas. El superávit macroeconómico del actual gobierno se acompaña de un déficit de proyecto político, o del conocimiento por parte de la población de cuál es su proyecto político, que es lo mismo. El conflicto con el campo lo evidenció. El gobierno no supo decir qué es lo que quiere para el campo, qué plan general de producción agropecuaria tiene. Esto lo volvió muy vulnerable a las prédicas de la oposición (política y rural), que tuvo a la mayoría de los medios de comunicación como valiosos aliados.
Los planes que llevarán a la práctica la distribución de la riqueza, como integrantes del proyecto político, no han sido explicitados, divulgados y, por lo tanto, internalizados por el pueblo. Un lector común del primer plan quinquenal sabía qué caminos y qué puentes se construirían y cuándo. Un agricultor sabía que el IAPI, Instituto Argentino de Promoción del Intercambio, creado entonces, recibiría su cosecha a precios compensatorios aunque los internacionales no lo fueran, porque las ganancias que obtenía con la venta al exterior de otros productos se lo permitía. Un lector común del primer plan quinquenal pudo comprobar que las escuelas que en su provincia se habían programado, se construyeron.
Disciplina
en cuerpos colegiados
El parlamento, paradigma de cuerpo colegiado, es el sitio donde se originan o aprueban los proyectos políticos y los planes que los conforman. Los cuerpos colegiados, en particular los bloques legislativos, deben discutir y tratar de consensuar posiciones para luego someterlas al conjunto de legisladores. Si no es posible llegar al consenso, votar. La posición que gana debe ser asumida por las minorías. Quien no lo hace, altera la disciplina partidaria. Se sobreentiende que la discusión en el seno del bloque conlleva un análisis de coherencia entre la posición a adoptar y la doctrina y el proyecto político.
Para poner algunos ejemplos: las leyes de Punto Final y Obediencia Debida no tenían coherencia con la doctrina radical, eran contradictorias con ella, pero fueron votadas por todos los radicales en el Congreso por un sentido espurio de disciplina partidaria. Otro tanto ocurrió con la ley del Indulto de Menem. Las privatizaciones y la creación de las AFJP nada tenían que ver con la doctrina peronista, se daban patadas con ella, pero fueron votadas por una falsa disciplina partidaria o lealtad al presidente.
El voto que pidió Alfonsín y que le dieron los radicales significó un doblez y no una ruptura. El ocaso del Que se rompa pero que no se doble. El voto a las privatizaciones o ruinosas ventas de YPF, ferrocarriles, teléfonos, aerolíneas, fue la consagración de los vendepatrias, tan indeseables para Perón.
La lealtad a la figura presidencial, sin lealtad a la doctrina, ha ocasionado siempre perjuicios, nunca beneficios. La disciplina es una forma de lealtad o es determinada por la lealtad.
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